Copyright 2017. LiberandoAlCautivo.com. All rights reserved.

 

LiberandoAl Cautivo.com​

​          Sirviendo a un Dios Vivo

EL COQUÍ
Narración sobre el origen del coquí

Triste, melancólico, con el alma destrozada, me dirigía por aquel viejo, tortuoso y deteriorado camino; con el espíritu amargado por la partida de mi tierra querida. Al pasar por aquel cercado de verdes y punzantes plantas de “Maya”, pude observar que un hermoso coquí, trepado sobre un amarillento cundeamor me miraba. Su mirada profunda me conmovió y en mis adentros sentí su tristeza, su amargo llanto. Me esforcé y pude continuar hacia mi destino y mientras caminaba, muchos recuerdos invadían mi mente y mi confuso corazón. Comencé a recordar aquella vieja historia taína que de niño me contaba mi abuelita antes de dormir.

En tiempos de los Taínos y del Gran Cacique de la Isla de Boriquén, se fraguaba una cruenta batalla, la cual se auguraba sería terrible. Indígenas caníbales, de las islas del Caribe se preparaban para realizar un ataque masivo y destructivo a Boriquén. Los taínos, habitantes de la isla, enterados del malvado plan, se prepararon para la defensa. La noche hacía su aparición. Frente a los bravíos taínos estaba un paladín, el Gran Cacique, erguido, alto, fuerte, firme, con su color bronceado como un ser místico. Cual figura legendaria sobresalía frente a sus súbditos como estatua de bronce bruñido. Aquella noche de plenilunio se podía contemplar aquel caudillo imponente, brillante por el sudor de su cuerpo. Todos, acampados frente al mar, con sus profundas miradas rasgando el horizonte, observaban a lo lejos en silencio. De repente, como fantasmas horripilantes, aparecen las naves de los malvados caníbales. Se acercaban lentamente cual bestia hambrienta al acecho. Las huestes de los taínos esperaban firmes, preparados para el ataque. Un silencio sepulcral reinaba y sólo se podía escuchar respiraciones profundas. Se acercaban más y más como pirañas hambrientas. Llegados ya a las playas, rápidamente brincaron de sus naves y corrieron furiosos al ataque. En sus manos, flechas, lanzas, hachuelas, macanas y todo armamento que poseían.

Comienza la batalla y en el clímax, en el momento más sangriento, algo extraordinario ocurrió. El lugar estaba cubierto por cadáveres y heridos. El resto de los sobrevivientes continuaba peleando. De pronto, sin señales previas, comenzó una terrible tormenta, rayos, truenos y fuertes vientos; y de repente, en medio de aquel torbellino atmosférico, surge una aparición gigantesca. Una hermosa figura, majestuosa, “La Diosa del Caribe”, que inspeccionaba sus posesiones, sus dominios. Fue tal la impresión que causó aquella visión, que los caníbales huyeron despavoridos. Corrieron hacia sus naves y rápidamente marcharon a sus islas. Los taínos quedaron inmóviles, como petrificados. Sólo uno de ellos contemplaba aquella hermosura, calmado pero como hechizado, era “El Gran Cacique”. La poderosa diosa fijó sus grandes y hermosos ojos azules en aquel legendario varón. Su corazón se estremeció e impactada quedó unida a él. Sus pensamientos se encontraron y en un imaginario beso, se selló un eterno pacto de amor. Poco tiempo transcurrió y se celebró la boda. Una preciosa y encantadora sirena con vestimentas de princesa fue la madrina. Un apuesto y caballeroso delfín apadrinó la ceremonia. Fue toda una semana de celebración. Danzas, música, maracas, tambores y cánticos corales, se escuchaba en toda Boriquén. El viento silbaba con melodioso acento. Los pajarillos trinaban sus más bellas melodías. Las flores con su fragancia perfumaban todo el Caribe. Mariposas de hermosos y múltiples colores adornaban por doquier. El sol brillaba con más fulgor. ¡Oh, qué día inolvidable, conmemorable, sin igual!

Pasaron los días, la diosa concibió, la fiesta continuó. Todo era gozo y alegría. Mucha comida exquisita, cazabe, pescado, carnes asadas, bebidas de frutas fermentadas. Todos se preparaban para presentar su regalo al príncipe que muy pronto nacería. Las arañas tejían hermosos pañales; las abejas producían su más dulce miel. Un pequeño “tigüero” acojinado con pétalos de rosas sería su cuna. Las palmeras susurraban una suave y exquisita melodía.

Llegó el día del alumbramiento y todos esperaban ansiosos. Reunidos los ancianos de las diferentes tribus del imperio, hablaban de planes futuros. Los demás taínos rodeaban aquel hermoso castillo hecho de paja y de bambú. Representantes de todo el imperio taíno tocaban y danzaban, esperando el nacimiento de “El Príncipe de los Taínos”. Los brujos de las tribus realizaban sus ritos. De repente se escucha un ruido dentro del castillo y todos hacen silencio. Era un lenguaje dulce, armonioso, melodioso. “Coquí... Coquí...”, entonces un fuerte grito de júbilo se escuchó. El Gran Cacique presentaba su hijo a sus dioses. Era un pequeño y precioso tesoro, con hermosos ojos brillantes. Su tez plateada, delicada, tierna, figura de nácar,... porcelana fina. Luego El Gran Cacique, orgullosamente salió con su hijo levantándolo en brazos, mostrándolo a su pueblo. Aquel pequeño príncipe, con mirada profunda observó a los presentes y con dulce voz les dijo: “Coquí... Coquí...” Al escuchar aquel saludo, todos aplaudieron y se inclinaban en señal de reverencia. Un futuro rey había nacido. Un sempiterno, símbolo de unidad de una raza de bronce. En los aires una bandada de aves en perfecta formación patrullaba aquel lugar. Frente al Castillo del Gran Cacique, un gran concierto se celebraba; pájaros, grillos, ranas, abejas y un sapo que hacía el bajo. Muchos fueron los hijos que luego nacieron de aquel grande y profundo amor. De aquella unión real. “Coquí... Coquí...”