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​          Sirviendo a un Dios Vivo

​La proliferación de Iglesias

​En ocasiones utilizamos el término iglesia, para referirnos al templo o al lugar de reunión de la congregación. De acuerdo con la Biblia, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, nosotros somos sus miembros o partes, y el Señor es la cabeza. A la Iglesia también se le llama la novia de Cristo, especialmente durante el rapto.
 Generalmente las iglesias son dirigidas por concilios. Los concilios son cuerpos directivos formados por un grupo de ministros que se reúnen y se ponen de acuerdo para la elaboración de una doctrina. Esta doctrina consta de una serie de postulados, reglas, estatutos, directrices, etc. Estos postulados tienen sus raíces y se elaboran tomando en cuenta diferentes porciones bíblicas, seleccionadas por el cuerpo administrativo del concilio. La gran mayoría de los concilios e iglesias reclaman poseer la verdad, y dicen que lo que predican es sólo lo que la Biblia dice. Lo que predique otro concilio o iglesia, le llaman “palabra de hombre”, o herejía. No debemos olvidar que para los fariseos, Jesucristo, San Pablo, etc., eran herejes, por cuanto no estaban de acuerdo con lo que ellos predicaban. La verdadera definición de hereje, se refiere al que predica o practica lo contrario a lo que expresan las sagradas escrituras. A través de la lectura de la Biblia, libros cristianos de historia, y otros, he notado que para muchas personas un hereje es el que no piensa igual a ellos. En realidad, lo que cada concilio o Iglesia independiente predica y enseña, es su interpretación de las diferentes porciones bíblicas que han escogido o seleccionado para su doctrina. La gran mayoría reclama tener la verdad, pero la Palabra nos dice que la verdad es Cristo, y que sólo Dios tiene la plenitud de la verdad, o la verdad absoluta. Nosotros, los seres humanos, recibimos parte de esa verdad a través de la revelación de Dios, de diferentes maneras. Esta revelación la recibimos a través de la naturaleza, mediante la Palabra inspirada por el Espíritu Santo, y escrita por el hombre, la Biblia. También recibimos esta revelación a través de sueños, visiones, por el oído, etc.
 Hoy más que nunca encontramos en cualquier lugar, en cada esquina, grupos de personas o congregaciones de diferentes tamaños las que generalmente son denominadas, iglesias. Algunas personas critican la proliferación o cantidad de iglesias existentes, y otros argumentan que es mayor la cantidad de bares y otros lugares similares, y todos hacen negocio.
 Opino que no debemos comparar estos bares y lugares similares con las iglesias. Las iglesias, templos, o lugares de reunión, se deben considerar lugares santos, o separados para Dios. El hecho de expresar o reclamar ser llamado por el Señor para ministrar por medio de la predicación conlleva una responsabilidad, un compromiso muy serio ante la presencia de Dios. Todo ministro debe examinarse para ver cuáles son los motivos por los cuales quiere ser pastor, evangelista, misionero, etc. Creo que toda persona verdaderamente llamada por el Señor a un ministerio, debe ser respetado y respaldado por el pueblo cristiano. ¿Cómo sabremos que la persona ha sido verdaderamente llamada por el Señor a ejercer un ministerio?  “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis”. San Mateo 7:15-16ª.
 ¿De qué frutos se habla aquí? Entiendo que se refiere a toda forma de vida de quien reclama el llamado. Una de las características que debemos observar en un ministro está relacionada con su apego a las cosas materiales. ¿Qué busca esa persona? ¿Servir de corazón a un pueblo hambriento y sediento espiritualmente que le necesita, o aprovecharse de ellos, añadiendo más necesidad y dolor a sus vidas? Como dice la escritura, creo que muchos se acercan al evangelio, “por los panes y los peces”. El sueño de muchos es llegar a la “altura” de algunos ministros que se dan la buena vida, “en el nombre del Señor”, paseando por el mundo, gozando de todo tipo de “bendiciones”, etc. Estos sin conciencia, manipulan a un pueblo cristiano sano, sincero, y lo usan para satisfacer su ego y sus ambiciones materiales.
 Todo esto inspira y hace soñar a personas que en un momento dado fueron llamados por el Señor, se acercaron a la Iglesia, aprendieron un vocabulario, memorizaron unas porciones bíblicas y comienzan a tratar de hacer realidad sus sueños de grandeza. Muchos otros no aspiran a tanto, sino sólo a no tener que trabajar y vivir bien. En mi barrio, a esto le llaman “vivir del cuento”.
 Por ahora me detengo aquí, exhortando a las personas que están en alguna de las condiciones señaladas anteriormente, a meditar sobre este asunto. Debemos recordar que ese Dios del cual hablamos tanto, está consciente de todo lo que hacemos, y por qué lo hacemos. Dura cosa es caer en las manos de un Dios vivo.
 Que el Espíritu Santo nos redarguya de pecados y el Señor nos bendiga. Amén.
 

Por, Pastor ALVARO ROLÓN​