NUESTRA ESPERANZA CELESTIAL

En el Parágrafo A, “Dispensaciones y Pactos Bíblicos”, vimos que la salvación es progresiva, que comienza a ser revelada en el Edén con Adán y Eva, y que llega a su máxima revelación en la cruz del Calvario con nuestro Señor Jesucristo. Con la muerte de nuestro Señor Jesucristo en la cruz y luego su resurrección, dejamos de estar bajo la dispensación de “La Ley” y entramos en la “Gracia”. Jesucristo nació y vivió bajo la ley. Como dice la escritura, “Yo no he venido a abrogar la ley sino a cumplirla”, Mateo 5:17. Eso dijo y eso hizo; la cumplió en su totalidad por todos nosotros.

La “Gracia” es un regalo de Dios a la humanidad que nace de su amor y su bondad. No la recibimos porque la merecíamos, o porque la ganamos por obras, o por cualquier otra cosa. Es simplemente la dádiva que estaba en lo profundo de su corazón, y que la tenía reservada para regalárnosla en su momento a través de su hijo Jesucristo. Para nosotros ha sido gratis, no hemos, ni tendremos que pagar nada.

“Aquel, pues, que os suministra el Espíritu, y hace maravillas entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?” Gálatas 3:5

Jesucristo pagó el precio y este fue muy alto. Costó que Jesucristo, siendo el hijo de Dios, se encarnara y sufriera todo tipo de dolor humano. Costó que viviendo en un mundo de pecado, y siendo hombre, viviera una vida santa. El mayor precio lo pagó en el Calvario, donde le crucificaron, le pusieron una corona de espinas, tuvo sed y cuando pidió agua, le dieron vino mezclado con hiel. Le azotaron con látigo, se burlaron de Él, le abusaron y finalmente le hirieron su costado. Su sangre y el agua de su cuerpo brotaron hasta que murió. Jesucristo murió y fue sepultado, pero al tercer día resucitó de entre los muertos y subió a los cielos. Allí está sentado a la diestra del Padre, intercediendo por cada uno de nosotros, los que le hemos aceptado. Cuando Jesucristo se fue a morar con el Padre, Jehová no nos dejó huérfanos; envió al Espíritu Santo que es nuestro consolador y que mora en nosotros, pues somos templos del Espíritu Santo.

“Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero).” Gálatas 3:13.

Cuando aceptamos a nuestro Señor Jesucristo como nuestro Salvador, recibimos una salvación gratuita y permanente. Si te apartas y vuelves a vivir una vida pecaminosa, tendrás que sufrir las consecuencias de tu pecado. No hay pecado alguno que tenga poder para anular la salvación que te fue dada gratuitamente. Lo que debes tener presente y nunca olvidar, es que si te arrepientes de corazón y pides perdón a Dios, Él te perdona, pero pagarás las consecuencias del pecado. Dios te perdonará, pero la gente no, y aún peor, no te perdonarás a ti mismo. Hay ocasiones en que las consecuencias de un pecado te condenan a vivir toda una vida miserable. Por lo tanto, al aceptar al Señor recibes la salvación, pero tienes que cuidarte. Las obras buenas que harás, serán los frutos de tu salvación y no el precio de la misma. Estos frutos nacen del agradecimiento y del amor hacia el prójimo que se genera en el alma salvada. Podemos confundir la salvación eterna con la salvación que disfrutamos mientras estamos en este mundo. Esta segunda se refiere a vivir una vida saludable y santa, cuando nos mantenemos alejados del pecado. Más adelante discutiremos ampliamente el tema de la salvación.

Hermano que estás perseverando en alguna iglesia, recuerda que la Palabra nos exhorta a que, “el que esté limpio, límpiese más.” Si estás apartado, reconcíliate con el Señor. Amigo que no has aceptado al Señor, acéptale, pues Él te espera con los brazos abiertos. Él te recibirá y te brindará su amor. Que el Señor bendiga y dé sabiduría y entendimiento a todos. Amén.

“Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo.” Gálatas 4:6-7.

Toma tu cruz y sígueme

“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.” Josué 1:9.

En los caminos del Señor encontraremos algunas rosas, pero muchas serán las espinas que tendremos que enfrentar. Las espinas siempre estarán presentes, por tanto, debemos pedir al Señor que endurezca nuestros pies, aunque no las quite. Si seguimos las pisadas del maestro, poniendo nuestros pies donde Él ha pisado, el daño será menor, porque algunas de las espinas estarán quebradas. Si tenemos presente la trayectoria ministerial que siguieron los apóstoles y otros hombres de Dios, debemos aceptar que tenemos que someternos a la voluntad de Dios, sin importar las circunstancias. Casi todos los apóstoles fueron martirizados y asesinados, a excepción de Juan que murió desterrado en la isla de Patmos. Cuando te decides servir al Señor, a dedicarle tu vida, Satanás tratará por todos los medios de hacer difícil el cumplimiento de tu propósito. Cuando esto te ocurra, y sientas que todo se torna en tu contra, alégrate porque vas por buen camino. Al que viene a los caminos del Señor y se dedica a mentir y a engañar, Satanás no le ataca mucho y le permite seguir ministrando libremente porque conoce lo que este ministro está haciendo; es decir que indirectamente está trabajando para su reino.

Muchos tienen un concepto equivocado de la vida del cristiano. Si tomamos como ejemplo la vida del apóstol Pablo, podremos imaginar lo que nos espera si en verdad queremos servir al Señor. Es sorprendente entender la reacción de Pablo en las peores circunstancias de su vida. Generalmente mantuvo una templanza y una calma, que sólo pudo ser posible gracias a su fe en el Señor.

El concepto equivocado a que me refiero es a creer que ya no tendremos que atravesar por pruebas y dificultades después de haber aceptado al Señor. La diferencia aquí es que ya no tendremos que atravesar solos por ese valle de lágrimas. El Señor nos fortalecerá si le pedimos y en algunas ocasiones, nos ayudará a pasar las pruebas. Digo en algunas ocasiones, porque hay momentos en que será necesario cruzar solos estos desiertos, para nuestro propio bien y crecimiento espiritual.

Mi deseo es que este corto mensaje te ayude a comprender una parte muy importante de la vida cristiana. Continúa hacia delante y usa las piedras que se te presenten en el camino como peldaños para subir y vivirás en “Salvación Terrenal”. Amén.

El perdón de Dios

“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” Miqueas 7:18-19.

Miqueas, uno de los profetas menores, menor no por el valor ni por la autenticidad de su profecía, sino porque su libro no es muy extenso. En su libro profético confiesa el pecado de Israel, intercede por él y profetiza sobre el perdón de parte de Dios y su restauración. En su mensaje, Miqueas recuerda a Jehová sus promesas hechas a Abraham, Jacob y a todos los padres del pueblo de Israel.

Dios es omnipotente, lo puede todo y por tanto tiene la capacidad de hacer lo que quiere. Él puede olvidar completamente, lo que desee olvidar. Nosotros no somos omnipotentes y por tanto, no podemos tomar ni cumplir esta porción bíblica literalmente. Creo que lo que aquí se nos está tratando de decir es que no debemos guardar rencor. Cuando aparezcan recuerdos negativos en nuestra memoria, no debemos alimentarlos, ni usar el recuerdo de incidentes o desacuerdos como base para tomar alguna decisión con relación a alguien que nos ha agraviado en el pasado. Cuando surja en nuestra memoria el recuerdo de estas situaciones, tenemos que combatirlas y destruirlas. Al estar frente a alguna persona que nos ha causado algún daño, tenemos que pelear la buena batalla sin dejarnos dominar por espíritus de venganza.

Quizás se nos haga difícil lograr eliminar total y permanentemente los malos recuerdos, pero sí podemos luchar por controlar el mal recuerdo y evitar las consecuencias de la venganza. Tal vez podríamos olvidar el recuerdo de algún daño que nos hayan hecho, pero eso puede ser posible por nuestra personalidad y al poco interés que prestemos al asunto, pero no a esta porción bíblica. El rencor, la venganza y el planificar represalias contra alguien, pueden hacernos mayor daño a nosotros mismos, haciéndonos perder la paz y por ende “la salvación terrenal” por algún tiempo. Muchas personas cuando reciben agravios, dicen “yo perdono, pero no olvido”. Este dicho podría ser correcto si en realidad la persona perdonó, pero en la forma que se dice, implica que no ha ocurrido un verdadero perdón. En este caso, el espíritu de venganza está esperando su oportunidad para activarla cuando se presente el momento. Necesitamos recordar cuánto nos ha perdonado Dios. Una parte de la oración del “Padre Nuestro”, pronunciada por nuestro Señor Jesucristo cuando los discípulos le pidieron que les enseñase a orar, fue: “y perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Si el Señor toma esta declaración literalmente, muchos de nosotros (no quiero decir todos) jamás seríamos perdonados. Dios nos hizo y nos conoce, y sabe cuál es nuestra condición como seres humanos. Él sabe que mientras estemos en este mundo tendremos batallas espirituales.

Generalmente escogemos la vida y el ministerio de San Pablo como ejemplo para guiar nuestra vida cristiana. Pablo dijo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”. 1 Corintios 11:1. Sin embargo, aún en la vida y ministerio de Pablo, podemos encontrar rasgos de conducta muy humanos.

En el Capítulo 5 del libro a los Gálatas, Pablo exhorta a los gentiles convertidos, a no escuchar las exigencias o demandas de los judaizantes. Esta es la gran lucha de Pablo en su ministerio. Pablo está tan molesto por esta situación, que se expresa de la siguiente manera:

“¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!”

Gálatas 5:12

En esta expresión vemos que a Pablo le llega el momento que también pierde la paciencia, al igual que cualquier ser humano. No señalo esto como una excusa o licencia para hacer declaraciones fuertes, sino para que si en algún momento dado expresas algo que podría catalogarse como negativo, debes pedir perdón al Señor y no condenarte a ti mismo.

En ocasiones tomamos tan literalmente algunas escrituras, que nos producen daño espiritual. Como he expresado en esta sección y en otras anteriores, nuestra condición humana anda en busca de argumentos para acusarnos en el nombre de Dios. Debemos ser cuidadosos al ministrar la Palabra de Dios; debemos pedir discernimiento y sabiduría al Señor, porque una mala interpretación que ministremos a nuestras congregaciones, puede causar daños irreparables.

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”. Santiago 1:19.

Aquí Santiago nos exhorta a ser tardo para airarnos, no niega que puede llegar el momento de airarnos. Sería erróneo tratar de exigir a seres humanos sensibles, emocionales, como Dios nos creó a nunca llegar a airarse. Lo que sí se nos recomienda es a no continuar permitiendo que esa situación permanezca por mucho tiempo en nosotros.

Reconociendo nuestra condición humana mencionada anteriormente, el apóstol Pablo se expresa en Efesios 4:26-27.

“Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre nuestro enojo, ni deis lugar al diablo”. Efesios 4:26-27.

Por: Pastor Álvaro Rolón

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